"Es ridículo esperar de quien quiere admirar las estrellas que se despierte con el primer rayo de sol"

 Actualmente tengo 25, casi 26 años (el día 31 de enero los cumplo), y la peor etapa de mi vida hasta la fecha ha sido alrededor de los 16 años, cuando estaba en el instituto.

Muchos no sabréis esto de mí, pero yo empecé Bachillerato de Ciencias y lo acabé a los 4 años. Repetí dos veces, una por curso. Para elaborar un poco, la primera vez que repetí lo hice con tres asignaturas, entonces iba y venía del instituto a las materias que tenía que asistir y me iba en las que ya tenía aprobadas. Esto fue con 17 años, justo cuando entré a un programa de televisión en el que hice un currículum interesante como compositora (esto es una historia para otro día, pero es relevante decirlo aquí para que entendáis el "desarrollo de personaje"). Recuerdo especialmente salir del instituto con mi padre ese año, ya que tenía que viajar a Madrid en ese mismo día para grabar, y que unos alumnos saliesen por la ventana para insultarme. Desconozco los motivos a día de hoy de por qué todo el mundo me miraba mal por los pasillos, gente que ni conocía, pero supongo que el estar en televisión y labrandote un futuro de lo que te gusta y que además sea algo tan mediático como la música, no gusta a la gente que lo único que hace es ir del instituto al sofá, del sofá a la cama y de la cama al instituto. 

Puedo comprender la frustración, pero no era mi problema que todas esas personas viesen en mí una amenaza de que no estaban haciendo lo suficiente por conseguir lo que querían. Pero bueno, me he desviado de lo que quería hablar, como de costumbre.

Cuando he empezado a escribir esto quería contaros que nunca he sido una persona de "mañanas". No me gustan, las detesto, y el tener que levantarme cuando todavía no había salido el sol durante años me estaba minando la salud mental más aún de lo que ya la estaba perjudicando aquel instituto lleno de gente podrida. Es por esto que, cuando empecé segundo de Bachillerato (mi tercer año en estos cursos para entonces), tuve un "intercambio de opiniones" desagradable con mi profesor de psicología y al día siguiente firmé mi baja en el instituto diurno. Tajante, como siempre he sido, y sin vuelta atrás. Me daba exactamente igual, si os soy sincera.

No sentí absolutamente ninguna pena, y no soy una persona a la que le gusten ni le agraden los cambios, más bien me asustan, pero ese cambio es algo de lo que ni me arrepiento a día de hoy ni me asusté en su momento.

Salí del instituto que me había acogido durante seis años de mi vida, sin despedirme absolutamente de nadie, y firmé la alta en un instituto nocturno que, a día de hoy, sigo sintiendo como mi casa. En dos años allí sentí que había conocido algo muy especial, tenía clases prácticamente sola con los profesores, el trato era espectacular (y adulto, cosa que agradecí muchísimo) y si hubiese sabido que el cambio iba a ser así, lo habría hecho mucho antes. Hay muchísimas más opciones que las convencionales, solo tienes que saber encontrarlas. Me saqué mi título de bachillerato con 20 años, pero preservé mi salud mental y me dediqué a todos los proyectos que tuve (que no fueron pocos) y de los que estoy tremendamente orgullosa. Esos dos últimos años de exploración personal y entendimiento conmigo misma fueron una montaña rusa, pero no los cambiaría por nada.

Fue entonces cuando entendí que es ridículo esperar de quien quiere admirar las estrellas que se despierte con el primer rayo de sol. Si tu lo haces, y te sienta bien, está genial. Pero sé amable y gentil con las personas que decidan tener otros horarios que tú quizás no compartirías, ya que nunca sabes la historia de los demás, no sabes por lo que han pasado ni lo que llevan en la espalda consigo.

No he vuelto a despertarme temprano desde entonces, y quizás algún día sea lo adecuado para mí y me guste y lo aprecie, pero de momento, la noche es el momento del día en el que consigo desenredar todo mi potencial y ser yo misma. Así que aquí me quedo.

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